El mexicano no existe por que se lo impide, se niega ese derecho concedido en su naturaleza humana, el mismo se encarga de encerrarse en la infranqueable muralla de su propia intimidad, aquí bien nos es empleado el termino de “rajarse” que llanamente se traduce en abrirse a los demás, no hay cabida para la vulnerabilidad del macho y en la mujer es sentenciado por ridícula regla genética.
Se encierra en su cuerpo, ese cuerpo que el mexicano disfruta, no se trata de un trasporte del alma, el mexicano es cuerpo, lo mueve, lo cuida, lo baila, lo idealiza y hace a los dioses merecedores del cuerpo, lo deidifica y a la vez también sufre del, por que significa vulnerabilidad, se siente acechado por la mirada de sus congeneres, lo oculta pues siente que esas miradas penetran su intimidad tan celosamente guardada por que el cuerpo no guarda este preciado tesoro, si no que la descubre y que para salvaguardarlo se creo el pudor que actúa como defensa, he aquí la razón del por que la virtud mas admirada en el mexicano es el recato.
Ahora bien, mencionando cuestión de pudor miremos a la mujer mexicana, la mujer mexicana se convierte en un misterio, algo así como un mito inalcanzable, pasiva, misteriosa, pudorosa, creadora y destructora, pero estas es la cuestión que ven LOS mexicanos, pero ¿y la mujer? La mujer simplemente no es ella, es un objeto al que se le puede atribuir, más no que se atribuya a ella misma, pasa a ser un objeto de contemplación, débil de carácter por ser sentimental y por tener un sexo distinto, por entregarse sin contemplaciones, por que pierde su intimidad al ofrecerse a otros con el sentimentalismo femenino. La mujer pues no tiene la capacidad de moverse, si previamente no la han movido, y no tiene esta capacidad por que se la han negado, se le a educado para ser como aquellas estatuillas que pasivas y misericordiosas nos miran al entrar en los templos impávidas y con una sola expresión en el rostro que a la vez nos intimidan y nos dan lastima. esta es una verdadera actitud mediocre.
El mexicano no cubre con luto al amor sexual y lo asume con personalidad, no ve a la mujer como pecadora. Las norteamericanas, por el contrario, niega u oculta parte de su cuerpo, son inmorales y pierde su espontaneidad, la mexicana duerme y no tiene voluntad su cuerpo despierta si alguien lo hace. Las norteamericanas desean atraer la atención de los hombres con el movimiento de su cuerpo. La mexicana es quien da la estabilidad en una pareja, quien aportará la dulzura y el seguimiento de la raza.
Es tratada con respeto por todos y también es “rajada”, expuesta a toda clase de peligros a los cuales no la puede salvar el hombre: es la mujer sufrida, sufrimiento que la vuelve invulnerable igual que el hombre y es el que esconde su ser y su vergüenza en la mujer, las culpa porque sus atributos la dejan ser abierta. Otra parte importante es que se tolera al homosexualismo pero no al heterosexualismo, nos escondemos tras mascaras que nos hacen improvisar y nos llevan de mentira en mentira, nos ninguneamos; tal cosa tiene un gran valor. Don ninguno es muy poderoso en nuestras vidas y aunque parece no ser nadie, es la mayor máscara que tenemos, disimula nuestro existir y el de los demás puede llegar a ahogarnos o desaparecernos.
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lunes, 11 de abril de 2011
Máscaras Mexicanas
A conitinuación les presentaremos el análisis del segundo capítulo del libro "Laberinto de la Soledad".
El Pachuco y otros extremos
En este blog, incluiremos el análisis de la obra "El Laberinto de la Soledad" del premio Nóbel, Octavio Paz, a continuación el análisis del primer capítulo de esta magnífica obra:
Octavio paz abre el profundo análisis del mexicano de este libro yéndose a la parte que nos desagrada y que curiosamente nos atrae, aquella que es grotesca y reflejo de nosotros mismos
El pachuco, mexicano que no es de aquí, ni de por haya ni de nadie y que para colmo esta falta de encontrarse lo deprime, esa depresión que se saborea y se disfruta, se presume y jactanciosa se cree lo mejor se viste con galas exuberantes, se burla de aquello que quiere ser pero que no admite y crea un margen grotesco en el que enmarca a su cultura madre, estampa a la virgencita de Guadalupe sobre un escudo de los Yanquees de New York satiriza con cómica irreverencia lo que es y se niega a si mismo... ¿acaso el mexicano no es nada? No solo los pachuchos niegan sus raíces y adoran a la sociedad gringa por repudiarlos, toda la sociedad mexicana ahora en nuestros días se siente dichosa de comprar y usar la moda norteamericana pero reprocha la falta de valores, el materialismo y la poca felicidad en esa sociedad, abraza a su religión, pero lo hace en el secreto... ¡no! Que pena, no vaya a ser que piensen que soy un ratón de iglesia, que soy aburrido y poco interesante... ¿perdón? ¿Ahora quien es el que no tiene bien puestos sus valores?
El mexicano es un lío de contradicciones, no es, no será, pero no deja de ser, grita con voz en cuello de jubilo por ser mexicano, mas tarde se deprime por que es un mexicano promedio sin grandes lujos y se acerca a ser pateado por su eterna vecina de fronteras, arriesga su vida y su dignidad con tal de “olvidar” sus raíces y entrar en ese mundo de formas grotescas para que el mundo lo mire con rostro de repulsión, de desaprobación, sentirse el triste foco de atención, el incomprendido, el solitario, el abandonado y el producto de una sociedad disfuncional... no, el pachuco no es producto mas que del mismo mexicano y de su sentimiento de soledad que lo acompaña latente el resto de sus días por ser individual
El mexicano no ve el precioso tesoro que le regala su individualidad, la ve como una penitencia de un pecado que por conformidad acepta, disfruta lastimarse, sentirse desdichado dice odiar la compasión de la raza humana, pero si no la tiene llega a ser pachuco, llega a ser pocho, llega a caer en los excesos, que por ley siempre son focos de atención.
“Quien ha visto la esperanza no la olvida. La busca bajo los cielos y entre todos los hombres. Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde, acaso entre los suyos. En cada hombre late la posibilidad de ser o, más exactamente, de volver a ser, otro hombre”.
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